sábado, 11 de abril de 2015

Cuba, la alegría no vino

Dearest Obama

Barack Obama al fondo interpretando al cadáver de Hugo Chávez

Los presidentes de USA han sido un tema tabú en Cuba durante 55 años. La imagen del Mal Imperialista sólo podía ser autorizada por las altas instancias propagandísticas del Partido Comunista (único legal en la Isla) o, llegado el caso, por el mismísimo Consejo de Estado. La idea era despersonalizar y desprestigiar a todos los hombres de la Casa Blanca (el panfletario documentalista Santiago Álvarez encarnó la vil vanguardia de esa misión). Había que animalizar artificialmente al enemigo exterior, asesinarlo como a un opositor interno más. Sólo así, por elemental comparación mediática ante los ojos de una audiencia cautiva, brillaría mucho más en nuestros corazones la excelsa estampa del Líder Máximo:


Fidel futuro, Eisenhower fósil; Fidel guapetón proletario, Kennedy pendejito burgués; Fidel guerrillero internacionalista, Johnson guerrerista internacional; Fidel sincero hasta los huesos, Nixon falaz hasta el escándalo; Fidel camarada perpetuo, Ford efímero como un modelo del año; Fidel pitcher, Carter catcher; Fidel star todavía joven, Reagan stunt casi senil; Fidel en Periodo Especial en Tiempos de Paz, Bush bombazos de la post-perestroika; Fidel célibe, Clinton precoz; Fidel caballo, W. Bush burro; Fidel paloma a la que varias veces le han robado su Premio Nobel de la Paz, Obama halcón blanco con piel de totí (la prensa oficial cubana racistamente lo ha acusado de traicionar a su raza).


Después de casi una década de censura en Cuba (a pesar de recibirse plenamente la señal y estar invadido de personal cubano), el canal TeleSUR comienza a verse libre en Cuba como regalo raulista de nuevo año. Ya no es sólo el parche de pirata de Walter Martínez, paladeando en diferido la papilla bolivariana a los analfabetos y fanáticos del continente, sino que, desde enero de 2013, ya es por fin Mr. Barack Obama en vivo y coleando en cada TV de La Habana.


Y, para desconcierto de todos en casa, resulta entonces que el flaquito de La Casa Mulata en Washington no grita ni amenaza al público con sus dedos de garfio, ni porta un uniforme militar, ni merece estar horas y horas discurseando a los millones y millones de su babilónica nación. Para colmo, el tipo tiene pinta de ciudadano y, como tal, habló de preocupaciones ecológicas de urgencia, de derechos y de minorías (representó mejor a la comunidad LGBT local que nuestra Asamblea Nacional), de proyectos sociales sin necesidad de sacrificarse medio siglo más (mientras en simultáneo la policía autorizaba una protesta en su contra).


En mi barrido barrio de Lawton, después de ver esa cosa inaudita que es un presidente civil que no presidirá a perpetuidad, hubo quien hizo el chiste de que en las próximas boletas electorales del Poder Popular incluiría una casilla extra para validar al Diputado Obama. Que yo debía darle publicidad a esa humorada histórica por internet. Bueno, ahora lo hago aquí.


Si yo fuera el Estado cubano, no tomaría tan a la ligera ese síntoma de sabrosura o sorna de nuestro socialismo de barrio adentro a la cubana. Y, por si acaso, iría preparando una butaca más en el Palacio de las Convenciones. El slogan del plebiscito de los Castros a los Castros en el 2018 bien podría ser este:


"Cuba, ¡la obamería ya viene...!




Rosa María de Cuba y para Cuba





Buenos días.

Quería agradecerles a todos la disposición del diálogo. Venimos con la disposición del diálogo. Queríamos a escuchar a nuestros hermanos cubanos, que sabemos que están en las mismas condiciones que nosotros.

Les quiero pedir a todos perdón en nombre del pueblo cubano por lo que acaba de ocurrir en el salón. A pesar de lo que ustedes vieron, los cubanos somos un pueblo generoso, solidario. Incluso esas personas que estaban allí tampoco tienen derechos. Esas personas tampoco pueden decidir. Y probablemente tampoco decidieron estar allí. Son las aberraciones que se dan cuando uno vive en dictadura.

Mi padre, que fue asesinado en un atentado del gobierno cubano hace poco más de dos años, decía que los derechos no tienen color político. Las dictaduras tampoco tienen color político. Y nosotros estamos aquí hoy queriendo promover soluciones a un problema que ya no es sólo cubano, ni sólo venezolano. Es un problema regional, como el que acabamos de tener todos aquí. Porque todos aquí hemos sido afectados por una intolerancia que no compartimos.

Hay dos puntos que yo quisiera promover.

El primero nos está afectando en varios países de la región: es el tema de la impunidad. Vemos muchachos desapareciendo en México. Vemos fiscales que mueren el día antes de presentar la evidencia. Vemos niños asesinados en las calles de Caracas. Mi mejor amigo y mi padre fueron asesinados en un atentado hace dos años y medio, y ni siquiera tenemos el informe de la autopsia. La impunidad es un problema que nos está afectando a todos. Sabemos que también en Nicaragua, y en Guatemala. Quisiera que quedara asentado nuestro punto a favor de detener la impunidad y hacer un llamado de atención a la alta política de América Latina para detener esa impunidad y tomar medidas imparciales.

Mi segundo punto quizás pueda ser entendido como muy particular, porque tiene que ver con Cuba. Pero desde Cuba ha habido una marcada injerencia (también la habido desde otros países, como los Estados Unidos, pero yo soy cubana) y podemos detener la injerencia que en algunos lugares de América Latina, sobre todo en Venezuela, el gobierno cubano está implementando en estos momentos.

Mi punto es a favor del derecho a decidir de los cubanos. Los cubanos no deciden en elecciones libres y plurales hace más de 60 años. Les estamos pidiendo el apoyo al derecho a decidir de los cubanos en un plebiscito.

Dentro de dos días vendrá un general a conversar con los presidentes de América Latina: una persona que nunca ha sido escogida por el pueblo. También queremos oírlo, pero queremos que se escuche al pueblo. Por eso les pedimos apoyo para la realización de un plebiscito en Cuba y que se les pregunte a los cubanos si quieren un proceso de elecciones libres y plurales, si quieren el reconocimiento de los partidos políticos, si quieren acceso a los medios. Y si quieren este proceso en condiciones de imparcialidad.

Apoyar el derecho a decidir de los cubanos es también apoyar el derecho a decidir, el derecho al desarrollo y a la democracia de toda la región.

Muchas gracias.

Rosa María Payá Acevedo

viernes, 10 de abril de 2015

Llevan todos tu nombre, Fidel



Los cubanos vamos a extrañar mucho a Fidel.

Fidel era un asesino espontáneo, casi infantil, con un carisma irresistible que erotizaba incluso a sus guardaespaldas, mientras podía matar por la sola curiosidad de ver la última expresión de pánico o de coraje en sus elegidos. Como quien abre con candor una lagartija de Birán o la vagina virgen de una habanera adúltera.

Fallecido Fidel, en uno de esos espectáculos fecales de correcorre entre camillas y Mercedes Benz, hoy como pueblo nos hemos quedado muy solos, entre el sicópata tuerto de su sobrino y la pedofilia patética de Eusebio Leal.

Fidel andaba lleno de lodo. Subía y se bajaba de yipis y de helicópteros cuyas aspas decapitaban al resto de los comandantes de la Revolución. Cortaba caña con cojones. Bebía agua de jícaras con la saliva del campesinado. Metía canastas de tres. Y de trece. Expulsaba curas y reconcentraba maricas. O ambas. Pescaba agujas hemingwayanas y era un as con el crossing-over de vacas. Fumó y fumó y esquivó las células del cáncer. Sembró de todo y tuvo el talento de no recolectar nada, y ese ciclo de tozudez estéril para el pueblo cubano era un síntoma de cercanía. Fidel era un fracasado que nunca perdía, un cubano de barrio. Fidel era yo. Un tipo que desvió huracanes y trajo a Cuba el SIDA desde la mata de África, en los linfocitos heteros de sus soldaditos de ébano. Clonó el interferón y cristalizó la fórmula amorfa de la espirulina. Deportó a medio país y lo puso a producir para él en un mall desde Miami hasta Melbourne. Sin contar con que puso a orbitar al primer negro en el cosmos. Fidel, compañeros, era un pingú.

Ahora en el 2015 Cuba está en trance de democracia. El gobierno de La Habana se satura de blancos ricos que han pactado con los blancos ricos del ex-exilio cubanoamericano. Los comandantes están siendo puntualmente cremados y los archivos del holocausto no sólo han sido desaparecidos, sino re-escritos del pí al pá. El futuro pertenece por entero a ese pasado aún sin estrenar.

Del tuerto tétrico de Alejandro Castro Espín y sus zetas sionistas sólo podemos esperar la masacre, pero esos miles de muertos importan menos que la túnica de Eusebio Leal. El gran don decimonónico, el retórico ratero que arrasó con las propiedades de Dulce María Loynaz, el cúmbila de Lage y otros supuestos reformistas que terminaron en piyama sin poder dar ni entrevistas, el historiador castigado por corrupto y por hacer un chiste de embajadas sobre quitar de La Habana Vieja al mausoleo del Yate Granma, en fin, el párroco que empala por culo a lolitas con sus dólares de pedigrí, juzga en público al pueblo cubano —un pueblo cuya estampida ha sido nuestra única venganza contra el tirano— como apenas una mota de lodo en su gabardina Lord Spengler.

En consecuencia, la neo-marketización entre los tycoons totalitarios de Brickell y los capos corporativos de Siboney, implicará reciclar a las mejores mentes de mi generación en el laundry de una cárcel de alta seguridad digital. Nada que ocurra en Cuba es creíble. Los primeros demócratas que lleguen a la democracia en la Isla serán sólo el fast-food que el fidelismo entrena hoy en sus cumbres continentales.

Como cubano extraño mucho a Fidel, a sus cadáveres que son mis últimos contemporáneos. El líder máximo del Tercer Mundo nos llamaba “lumpen”, “escoria”, “gusanos”. Pero jamás dejó de embarrarse con nuestros mojones mediocres de nación emputecida por medio milenio de despotismo sin Estado y sin dios.

También me da tristeza que en su muerte Fidel nos vaya a extrañar mucho a nosotros, sus cubanos.